"Nunca sabes quién será el motivo de tu sonrisa."

Seis.


Ya es de día y Marco se despierta poco a poco. Mira el reloj, es tarde, ha dormido demasiado. Normal, después del viaje necesitaba descansar. Mientras se estira en la cama escucha un ruido en la cocina. Piensa que no será nada hasta que lo oye de nuevo. Entonces varios pensamientos pasan por su mente. Quizá sea Ali, que ha ido a despertarle. Pero eso no puede ser, a pesar de ser tarde ella aún estaría durmiendo. La conoce demasiado bien para ello. ¿Un ladrón? No. Por esa zona no había robos, y menos a esas horas. ¿Entonces? ¿Qué podía ser? En ese momento se abre la puerta de su habitación y, para su sorpresa, aparece Guilia. Eso si que no se lo esperaba. Ella está sonriente, abre la persiana y se sienta en la cama, como si nada hubiera pasado. Él la mira, extrañado, sin entender muy bien lo que quiere. Tras un rato mirándose, es ella la que comienza a hablar.
-¿No te alegras de verme aquí?
-Depende. ¿Qué haces aquí?
Ella comienza a hablar, rápidamente, sin pensar mucho las palabras. Ya las tenía ensayadas.
-Te he echado de menos. Mucho. Y no sé por qué esto se acabó. No sé por qué me fui. Supongo que me puse celosa de esa niñata pero vaya tontería, ¿no? Porque tú me quieres, sé que tú me quieres y me necesitas así que, ¿por qué no lo olvidamos todo?
-Ali no es ninguna niñata.
Eso es todo lo que él es capaz de decir antes de que ella se abalance sobre él y comience a besarle. No sabe cómo pararla, nunca ha tenido que hacerlo. Así que con el sentimiento de culpa y Ali en mente simplemente se deja hacer.


Alex está enfadada, muy enfadada. Las que decían ser sus mejores amigas no la hacían ni puto caso mientras un millón de cosas pasaban por su mente. Cosas que no le podía contar a nadie más que a ellas. Pero ellas no aparecían por ninguna parte. Y mientras, Alex se había despertado en casa de vete tú a saber quién en ropa interior. Al mirar hacia el lado solo veía un tío. Pero no recordaba su edad, su nombre o cómo había acabado en su cama. Así que coge su jersey del suelo y se lo pone, intentando no despertar al tío del otro lado de la cama. De puntillas sale de la habitación y se dirige a lo que intuye que puede ser el baño. Pero al entrar, para su sorpresa, no está vacío.
-¿Ella?
-¡Alex! Joder, no sabía dónde estaba ni que había pasado, me he despertado al lado de un tío y…
-¿Tú también? Vaya dos… Anda, vámonos de aquí, te invito a desayunar.
Y así se van las dos a cualquier sitio que no sea ese, a desayunar mientras no dejan de reír e intentar recordar todo lo que sucedió la noche anterior.


Ali se despierta con una sonrisa en los labios. El viaje había salido mejor de lo que podría haber imaginado, era como un sueño. Decide ir a verle para hablar de ese beso. O para besarle de nuevo, eso ya se vería. Pero primero desayuna, se ducha, se viste, se maquilla. Su madre la observa, hacía mucho tiempo que no la veía tan feliz. Llevaba todo el tiempo bailando, cantando y con la música a tope. No preguntaría, simplemente le gustaba ver así a su niña pequeña. Finalmente Ali está lista así que se despide con un beso de su madre y sale por la puerta, menos niña y más mujer.
El camino a casa de Marco se le hace corto, y largo al mismo tiempo. ¿Qué se supone que va a decirle? ¿Y si a él realmente no le gusta? Pero tiene que gustarle, sino no la habría besado, no habrían tonteado, no hubiera pasado todo lo que había sucedido en ese viaje. No puede dejarse llevar por sus miedos, no le llevarían a nada. Así que respira hondo, muy hondo, mientras sube las escaleras ya que la puerta del portal estaba abierta. Y encuentra el valor suficiente para llamar al timbre. Pero lo que le espera detrás de esa puerta es muy diferente a lo que ella se imagina.


Ann se despierta como un día más, pero no es un día más. Anoche todo cambió. Anoche ella cambió. Anoche su novio le había dicho que esa relación no podía seguir. Anoche todo su mundo había cambiado. Necesitaba algo. Necesitaba a alguien. No, las necesitaba a ellas. Ali no estaba, se había ido a Londres y no había dado ninguna pista de a qué hora volvía. Alex. Eso era. Allí tenía que ir, una simple llamada no bastaba. Sudadera, vaqueros y al coche. Y conduce sin pensar, se sabe el camino de memoria. El portal está abierto así que sube sin llamar, pero al abrir la puerta no le recibe su amiga.
-Oh, Dar, ¿está tu hermana?
Alex tenía un hermano un año más pequeño. Se llamaba Darío pero desde siempre todo el mundo le había llamado Dar, no sabía muy bien por qué.
-Eh, pues no, solo estoy yo. Lo siento.
-¿Sabes dónde puedo encontrarla?
-Ni idea, anoche no pasó por casa. ¿Quieres pasar y esperarla dentro?
-Claro, eso podría estar bien…
Y tras un par de horas y unas cuantas cervezas los dos se están riendo de aquella vez en que Dar manchó toda la ropa de Alex de nata montada por una rabieta, de las vacaciones que pasaron sus familias juntas en Grecia  e incluso de lo estúpido que ha sido Riccardo. Esperando a una Alex que ambos sabían que no iba a aparecer hasta dentro de mucho tiempo.


Guilia abre la puerta mientras Marco se ducha. Al ver a Ali los celos vuelven a reconcomerla, pero esta vez es ella la que domina la situación.
-Ali, ¿qué haces aquí?
-Venía a ver a Marco… Pero, ¿qué haces tú aquí?
-Bueno, a lo mejor lo habías olvidado, pero yo vivo aquí…
-…Pero te habías ido.
-Pues he vuelto. ¿Qué pensabas? ¿Qué ahora Marco se enamoraría de ti? A él le gustan las mujeres, no las niñitas de mamá.
-Yo...
Todo el mundo de Ali se había venido abajo. Pues claro, ella, ¿quién si no? Él siempre había estado con ella, y no la iba a cambiar. Ni si quiera por algo tan especial como lo que le unía a Ali. Porque ella es mejor, pensaba Ali. Por miedo, era la realidad. Y mientras Guilia jugaba su papel, tocando todas sus debilidades y desmoronándola.
-¿Por qué sigues aquí? Vete, él ya me tiene a mi.
-Quiero hablar con él.
-Él no quiere hablar contigo.
-¿Y por qué no me lo dice él?
-Porque le das pena… Una pobre niña como tú, ¿de verdad creías que tenías alguna oportunidad?
-Ali, ¿qué estás haciendo tú aquí?
-Que te jodan, Marco.
Y eso es lo último que Ali es capaz de decir antes de salir corriendo con los ojos llenos de lágrimas. Marco intenta ir tras ella pero Guilia le bloquea el paso.
-Déjala, se le pasará.
-¿Qué le has dicho?
-La verdad. Que me quieres y que ella no es nadie.
-Joder, Guilia, no puedes tener la puta boca cerrada.
-¿Es que acaso sientes algo por ella?
Esa es la única cosa que consigue que él retire la vista del lugar por el que Ali desapareció y centre su vista en ella. Suspira, negando, mintiendo.
-No, por supuesto que no.
-Entonces déjala. Ella no es importante.
Y le besa.  

Cinco.

Al día siguiente se levantan temprano, la luz que entra por la ventana les despierta. Ali, inconscientemente, se estira en la cama y le empuja haciéndole caer al suelo.  Él se despierta de un sobresalto, sin entender por qué está en el suelo. Al mirarla alza una ceja, ella aún está algo adormilada. Aprovecha y sube a la cama, rápidamente, colocándose encima de ella. La agarra por las muñecas y la inmoviliza. Ella se remueve e intenta soltarse. Entre risas pelean.
-¿Qué haces? ¡Suéltame!
-¿Por qué iba a hacerlo? Te tengo donde quería, puedo hacer lo que quiera contigo.
-Hago lo que quieras, pero déjame.
-Uhm, lo que quiera, ¿eh?
-Sí, lo que quieras, pero no me hagas daño.
Ali comienza a poner voz de pena y ojitos, le sale perfecto.
-Si me pones esa carita no puedo hacerte nada…
Marco suelta una pequeña risa, se inclina sobre ella y da un pequeño beso en su nariz. Después la suelta, tumbándose a su lado, relajado. Ella aprovecha y comienza a darle con la almohada mientras él intenta quitársela e inmovilizarla de nuevo. No pueden dejar de reír y gritar, como si de niños se tratase. Finalmente ella es más hábil y se mete al cuarto de baño corriendo, encerrándose.
-Me rindo, me rindo.
-Sal de ahí, Ali.
-No, no hasta que digas que tú también te rindes.
-Está bien, me rindo.
Ella sale despacio y ambos se quedan mirando, para estallar en una carcajada después.
-Vamos a cambiarnos, nos espera un largo día y esta noche volvemos a casa. Hay que aprovechar.
-Dúchate tu primero, yo esperaré aquí.
Y mientras Ali entra al cuarto de baño y se ducha, Marco sale a la terraza. Observa la calle, a la gente que pasa. Ali es tan diferente de cualquier chica que haya conocido antes, tan divertida, tan espontánea… pero es su amiga, solo eso, su amiga. Y se regaña a si mismo por pensar que puede ser algo más que eso. Entonces escucha voz detrás de él.
-Oye, Marc, no te gires, ¿vale?
Y, cómo no, Marc se gira.
-¿Qué pasa Ali?
Y la ve asomando la cabeza por un hueco en la puerta y el pelo mojado.
-No he cogido la ropa, tengo que salir y solo llevo la toalla.
-¿Y qué más da?
-Pues que no quiero que me mires.
-Está bien, tranquila, no miraré.
Y vuelve a girarse hacia la calle, esta vez sacando el móvil. Y disimuladamente mira lo que ella hace a través de lo que se refleja en la pantalla de este. Apenas lleva una toalla que le cubre lo justo, con el pelo largo y mojado sobre los hombros. No puede evitar recorrer todo su cuerpo con la mirada cuando Ali levanta la vista.
-¡Me estás mirando!
-No, no es verdad, yo no estoy haciendo nada.
Y ríe levemente. Ella se mete en el baño, esta vez con la ropa y ya se cambia. Sale ya vestida, con unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Se sienta en la cama, mirándole, al tiempo que dice.
-No tardes mucho, que como me canse me voy sin ti.
Él niega, ella le había hecho esperar un montón y ahora le estaba metiendo prisa. Pero también se ríe, no sabe por qué no puede dejar de hacerlo. Mientras se ducha, Ali se escabuye de la habitación. Baja a una cafetería cercana, compra dos cafés y dos bollos. Pero en ese rato él ya había salido de la ducha y se estaba preocupando porque ella no estuviera en la habitación. De todos modos estaba tranquilo, suponía que ella volvería dentro de poco. Por lo que había decidido cambiarse en la habitación el lugar de en el baño. Pero en ese momento ella entra en la habitación con las cosas en las manos. Al verle no puede evitar comenzar a reírse, a carcajadas. Entonces él se sobresalta y se tapa rápidamente con la toalla, avergonzado.
-¡Ali!
-Dime.
-¡Que no mires!
-Va, Marco, ni que fuera el primer tío desnudo que veo.
-Si tú no me has dejado verte desnuda, yo tampoco te dejo.
A lo que coge sus cosas y se va al baño a vestirse. Ella mientras se ríe, había merecido la pena.
Unas horas después vuelven a estar dando vueltas por la ciudad, visitando todo lo que les faltaba. Hay poco tiempo. Hasta que acaban en el aeropuerto, demasiado cansados, esperando a que saliera su avión. Sentados uno junto al otro, con la cabeza de ella apoyada en el hombro de él.
-Estás cansada, eh, Ali.
-Muerta, diría yo.
Una ligera sonrisa se dibuja en sus labios al tiempo que alza la cabeza hacia él. Él la mira, su sonrisa, y sin ni si quiera pensar en ello se inclina ligeramente. Al principio es un ligero roce de sus labios, muy ligero, que después se va haciendo más intenso hasta que se pierden cada uno en los labios del otro. Es un beso cálido, intenso, profundo. De dos personas que llevan demasiado tiempo deseando ese beso. Mientras se besan él coloca la mano entre su pelo, pegándola más a él, hasta que una voz en la megafonía les interrumpe. Deben embarcar. Ambos se separan con una pequeña y divertida risa, y de la mano suben al avión. El viaje es corto, porque ambos duermen.
Al llegar es él el que conduce, dejándola en su portal. Justo antes de salir ella le da un beso rápido, sin darle si quiera tiempo a responderlo porque sale del coche y sube a su casa rápidamente, sin poder borrar la sonrisa de su rostro.
Él siente algo parecido, no sabe por qué sonríe tanto, y al llegar a su casa se acuesta pensando en esa traviesa chica que ha puesto su mundo patas arriba.

Cuatro.

Al día siguiente Ali se levanta temprano. Está hiperactiva, tiene que prepararlo todo. Con cuidado de que él no se despierte se levanta y va hasta el baño, vistiéndose de nuevo. Escribe una nota que después deja en la mesa del salón “He salido, tengo una sorpresa para ti. Espérame, eh.” Se va a casa en el coche de él, no le importaría que lo tomara prestado. Al llegar a su casa sube rápido, caminando directamente a la habitación. Apenas le dirige un hola a su madre que está en el salón viendo la tele.
-Eh, señorita, ¿a dónde vas?
-Tengo prisa, mamá.
Mientras ella entra en la habitación y empieza a guardar algunas cosas en una mochila, su madre camina hasta allí y se apoya en la puerta.
-¿Qué está pasando, Ali?
-Nada, mamá, voy a irme a pasar unos días a casa de Alex porque está mal por un chico, ya sabes… Y, bueno, que no te preocupes por nada.
Su madre no se lo cree, pero tampoco quiere insistir. Confía en Ali, y si ella dice que no se preocupe es que no debe preocuparse. Cuando esta ya ha cogido todo lo que necesita camina a la puerta. Pero antes de salir se detiene junto a su madre.
-Gracias, mamá.
Le sonríe, le da un beso en la mejilla y se marcha. Coge el coche de nuevo y vuelve a casa de Marco, haciendo algunas paradas por el camino. Cuando llega allí sube corriendo, él ya estaba despierto. Está impaciente, esperándola junto a la puerta. En cuanto escucha el ascensor abre la puerta.
-Creí que ya no volvías.
-Te prometí que lo haría, y yo cumplo mis promesas.
La sonríe y antes de que le dé tiempo a entrar la abraza. Sin decir nada, simplemente la abraza. A ella se le acelera el pulso. Mierda, eso no puede ser bueno. Se separa tras unos minutos, mirándole.
-Como no te des prisa en hacer la maleta me voy sola.
-¿Maleta? ¿Irte? ¿De qué hablas, Ali?
-Ah, es una sorpresa. Tú haz la maleta.
-¿Y qué se supone que debo llevar?
-Anda, mejor te hago yo la maleta. Tú dúchate y vístete.
Y así lo hacen, cada uno a lo suyo. Ella termina antes y va hasta la cocina, abriendo la nevera y comiendo lo primero que pilla.
-¿Piensas dejarme algo de comida?
-Calla, que tengo hambre.
Y le tira un paño. Ambos ríen. Se miran.
-¿Estás listo?
-Cuando la señorita quiera.
-Pues vámonos, ya estamos tardando.
Bajan al coche, guardan las cosas y Ali se pone al volante. Ella sabe donde van. Él aún trata de descubrirlo.
-¿Dónde vamos?
-¿Qué parte de es una sorpresa no entiendes?
-Es que necesito saber a dónde me llevas, porque esto cuenta como secuestro.
-Eh, pues si no quieres que te secuestre puedes bajarte del coche.
-Estamos en marcha.
-Si esto fuera un secuestro eso no importaría.
Ríen. Se divierten. Es un juego.
-Por aquí se va al zoo. ¿Vamos al zoo?
-Sí, he decidido que te reencuentres con tu familia.
-Mirala que graciosilla se ha vuelto la enana.
Y trata de hacerla cosquillas. El coche se le mueve un poco a los lados. No puede con las cosquillas. Es su punto débil. Siguen riendo sin parar.
-Eh, eh, para. ¿Quieres matarnos?
-Claro, moriremos juntos, en plan tragedia.
-Pues yo soy demasiado joven para morir.
Mientras siguen hablando Marco mira los carteles, la carretera, todo. Intenta buscar algo que le dé una mínima pista de a dónde van.
-¿Vamos al aeropuerto?
-Din, din, din, din. Minipunto para el equipo de los chicos.
-Ali, esto me está empezando a dar miedo. ¿Dónde piensas llevarme?
-A un lugar donde nunca puedan encontrar tu cuerpo.
Tras un rato más llegan al aeropuerto. Aparca el coche y ambos salen, cogiendo sus cosas. Pero Ali no había aparcado en el sitio correcto y estaban en la terminal de llegadas. Tenían que atravesar todo hasta llegar a las salidas. A su camino veían muchos reencuentros, muchas parejas esperándose al otro lado del cristal.
-¿No es precioso?
-¿El qué?
-Eso. El saber que no importa lo lejos que te vayas, porque cuando vuelvas habrá alguien esperándote. Que da igual el tiempo que pases fuera, porque alguien contará los minutos para que regreses.
-Yo siempre te esperaré, ¿vale? Si algún día te vas, te prometo que estaré aquí el día que vuelvas.
Una sonrisa leve, un suspiro débil. Y mientras hablan, llegan a la zona de salidas.
-Tú espera aquí.
Y Ali camina hasta uno de los mostradores. Pide un par de billetes y los paga con una tarjeta de crédito. Se acerca a él para coger su DNI y vuelve, esperando a que le entreguen sus billetes. Billetes de última hora y sin facturar, un chollo. Y una suerte que aún quedaran asientos.
-Vamos, ya los tengo.
-¿Y no me vas a decir a dónde vamos?
-Nunca.
-Pues eso lo arreglo yo.
Y camina para quitarle los billetes. Pero ella se da cuenta y sale corriendo. Él la persigue entre personas incrédulas ante la situación y risas divertidas. Es más rápido, lo sabe. Y la alcanza. La agarra por la cintura y la levanta del suelo, caminando unos pasos.
-¿Dónde ibas?
-¡Suéltame!
-Dame los billetes.
-Nunca.
-Pues aquí te quedas.
Y así da vueltas sobre sí mismo, divertido, como si fueran niños pequeños. Ambos ríen.
-Vale, vale, me rindo.
-Está bien. Te suelto.
Y en cuanto lo hace ella intenta huir pero él es más rápido y le quita los billetes. Los mira. Alza una ceja.
-¿Londres?
Ella sonríe. Le mira. Imita su gesto.
-A Londres, pequeño.
Esa frase que tantas veces había repetido de esa serie que tanto le gustaba.
-¿Y dónde vamos a dormir?
-Cuando lo sepa te lo diré.
Ríe y le quita su billete. Camina hacia el control, hasta que en un momento se da la vuelta.
-¿No vienes?
Él suspira. Niega con la cabeza. Pero con una sonrisa. Esta chica acabará por volverle loco. Y así ambos embarcan y pasan el vuelo. Entre risas, bromas y juegos. Intentando averiguar por qué algunos de los pasajeros irían a Londres. Inventándose sus vidas. Olvidándose de los problemas.

Alex se desespera. ¿Por qué ninguna de sus amigas da señales de vida? Necesita salir, y ninguna responde. Recibe un mensaje de Ali. “Chicas, me voy a Londres con Marco. Cuando vuelva os lo explico todo. ¡Os quiero! A’s  <3” Perfecto, justo ese día Ali había decidido hacer una locura. Pero Ann tampoco responde. Tras varios intentos consigue que le coja el teléfono.
-¿Ann? ¡Por fin! Llevo siglos llamándote. Esta noche salimos, ¿vale?
-Lo siento, pero ya tengo planes. ¿Por qué no sales con Ali?
-¿No has recibido su mensaje? Se ha ido a Londres o algo así.
-Joder. Tía, de verdad que no puedo, no esta noche, lo siento.
Y cuelga el teléfono. Ann muchas veces se obsesionaba demasiado con su relación. Pero aún así la querían. Pero Alex no era de esas que se quedaban paradas. Si no tenía con quién salir, salía sola.

Ali y Marco acaban de aterrizar en Londres y cogen un taxi. Dicen el primer lugar que se les ocurre: al parlamento. Y una vez allí pagan y se bajan. Y, de repente, sin más, Ali echa a correr. Corre por toda la calle, la cruza y sigue corriendo.  Marco, algo desconcertado, la sigue. Hasta que por fin ella para mirando al Támesis. Él para a su lado, con la respiración entrecortada, mirándola.
-¿Por qué has hecho eso?
-¿No te encanta la sensación de libertad?
-Estás loca, me habías asustado.
Ella le mira, sonríe de lado. Vuelve la vista al río.
-Te encanto.
Él ríe y niega, y de repente la tiene colocada al hombro, como si de un saco de patatas se tratase.
-Esta me la vas a pagar.
Y camina con ella al hombro hasta la fuente más cercana.
-Lo siento, Ali. Pero me has traído a Londres en contra de mi voluntad y me has hecho pegarme la carrera de mi vida. Ahora te toca sufrir.
Y la deja en la fuente, empapada. Se ríe y se gira, alejándose caminando. Ella se queda inmóvil unos segundos, eso no se lo esperaba. Pero después corre hasta él y le abraza por detrás, mojándole. Ambos ríen. Después buscan algún sitio para dormir, algo barato. Tan solo dormirían allí una noche. Una habitación con cama de matrimonio, tampoco les importaba demasiado. Tras ducharse y cambiarse salen a hacer turismo, a visitar la ciudad. Se hacen fotos, con los monumentos y sin ellos. Marco cada vez recuerda menos a Guilia.

Empieza a anochecer y Alex se prepara para la fiesta. Se viste para matar y sale a la discoteca de siempre, al menos allí no quedaría tan mal el estar sola. Baila, ríe, tontea y bebe. Como cada noche. Pero una chica en una esquina le llama la atención. También está sola, el problema es que esa chica no se divierte. Así que decide acercarse a ella.
-Hola, ¿por qué no bailas?
-Yo no sé bailar.
-¿Y qué haces en una discoteca entonces?
-Si te digo la verdad, no tengo ni idea.
-Me llamo Alex.
-¿Eso no es nombre de chico?
-Bueno, si prefieres llamarme Alessandra.
-No, Alex está bien. Yo soy Isabella.
-Creo que te pega más Ella.
-Sí, supongo.
Ríen levemente. Hablan. Alex le cuenta por qué está sola, que sus amigas le han dejado plantada. Ella le cuenta que solo está allí acompañando a su hermana pequeña, si no hubiera ido ella no la hubiesen dejado salir. Se hacen amigas, poco a poco, entre risas y anécdotas.


Mientras Ann tiene la perfecta noche romántica. Su casa estaba sola y había invitado a Riccardo. Ven una peli juntos, cenan juntos. Ríen, se besan y juguetean. No suelen tener muchos momentos para estar juntos y los que tienen los aprovechan todo lo que pueden. Acaban haciendo el amor para después quedarse dormidos, abrazados, juntos.

Cuando anochece tanto Ali como Marco están agotados. Tras visitar algunas cosas más y parar a cenar en un restaurante vuelven a la habitación y caen rendidos. Y a pesar de que él insistía en dormir en el suelo si a ella le molestaba acaban durmiendo juntos. Mañana sería un día emocionante, un día en el que pasarían demasiadas cosas. Pero ellos no lo sabían. 

Tres.


Y así comenzaron a coger cada vez más confianza. Hablando cada noche, durante horas, como si no existiera mañana. Ella escondida bajo las sábanas. Él en la terraza mientras Giulia dormía. En poco tiempo se habían convertido en los mejores amigos que podía haber. Hasta que un día lo cambió todo.
Aquel día ella no recibió ningún mensaje, ninguna llamada. A pesar de comprobar que el móvil funcionaba y de mirarlo a cada instante Marco no daba señales de vida. Y así pasó otro día, y otro más. Ella le llamaba pero él no respondía. Aquello no era normal, seguro que había pasado algo. Así que el cuarto día, preocupada, al salir de clase le pide prestada la moto a Ale y se dirige a su casa. Al llegar allí toca el timbre, pero nadie le abre. Insiste hasta que por fin él descuelga el telefonillo y con voz adormilada dice:
-¿Sí?
-¿Marc? Soy Ali, déjame entrar, por favor.
Sin una palabra más el sonido de la puerta indica que esta está abierta. Corre al ascensor, pero tarda demasiado así que sube andando, saltando los escalones de dos en dos hasta llegar a su puerta, la cual se encuentra entreabierta. Con cuidado entra dentro. Camina por la casa hasta encontrarle a él tirado en el sofá, con barba de varios días, los mismos que probablemente llevaba sin ducharse. Pero eso a ella le daba igual.
-¿Qué ha pasado, Marc? ¿Por qué estás así?
-Guilia me ha dejado. Dice que ya no es como antes, que discutimos demasiado, que yo estoy distante. Ha cogido sus cosas y se ha ido. No va a volver…
Ali suspira. No sabe cómo ayudarle, no sabe qué hacer.  Decide que lo primero será una buena ducha. Por lo que le coge la mano, con suavidad y una sonrisa en el rostro al tiempo que le habla.
-Vas a darte una ducha, ¿vale? Y después tú y yo vamos a dar una vuelta.
Le arrastra hasta el baño. Como ve que él no colabora le quita la camiseta, un poco torpe porque él es más alto pero finalmente lo consigue.
-Y el resto lo vas a tener que hacer tú solito, o si no te desnudo yo y te ducho yo.
Y tras insistir un rato por fin consigue que se duche y se vista, esperando ella en el sofá. Y después se lo lleva a dar un paseo, nada especial, simplemente distraerle un poco y sacarle algunas sonrisas tristes.
Así todos los días después de clase ella va a su casa y le anima a hacer algo, a salir, a ver películas, a lo que sea con tal de verle un poco mejor. Apenas tiene tiempo para sus amigas, pero ellas tampoco se lo recriminan demasiado porque saben que está preocupada. Pero consiguen un día para las tres. Marc le había dicho que iría a casa de sus padres y que no se preocupara por él, así que Ali había decidido organizar un día de chicas.
-¡Alex, ven ya, se va a enfriar la pizza!
-Estoy haciendo las palomitas, ir poniendo la música.
Por fin estaba todo preparado, las palomitas, la pizza, las bebidas, la música bajita. Y ellas sentadas alrededor de la mesa, esperando a que alguna empiece a hablar, intentando todas escuchar las historias de las demás primero. Pero Alex no puede contenerse, es superior a sus fuerzas, así que comienza a hablar.
-Ayer estaba haciendo la compra y un gilipollas le dio a mi carrito tirando toda la estantería de enfrente. Le empecé a gritar de todo mientras recogía y se agachó a ayudarme. Y cuando le miré, vaya mirada. Me enamoré. Así que acabamos quedando para por la noche y bueno, ya sabéis…
-¡Alex! ¿Pero tú no estabas bien con el de la semana pasada? ¿Cómo se llamaba?
-¿Quién? ¿Roberto? Sí, y estamos bien. Pero yo no soy chica de un solo hombre, lo sabéis, yo lo sé y ellos lo saben.
Unas cuantas risas mientras Alex les cuenta bien la historia, mientras comen, mientras se olvidan de todo para ser simplemente ellas. Después le toca el turno a Ali.
-¿Y cómo lleva Marco lo suyo?
-Pues parece que está mejor, hoy ha ido a casa de sus padres.
-¿Y tú? ¿Cómo estás?
-Algo cansada, me paso las tardes con él y las noches en vela para estudiar. Pero soy su amiga, ¿qué otra cosa podría hacer si no?
-¿¡Su amiga!? Tú estás enamorada, pequeña.
-Pero, ¿qué dices? No te voy a negar que algo que me gusta, pero ya está. No estoy enamorada.
Y así debaten durante otro largo rato si Ali está enamorada o no. Y lo argumentan tan bien que confunden hasta a Ali. Pero, no, ella no está enamorada, está segura de ello.
-Riccardo y yo nos hemos peleado.
-¿Otra vez?
Y Ann les cuenta que le vio hablando con una de las chicas más conocidas y guapas del instituto y se puso celosa. Él no dejaba de insistirla en que solo tenía ojos para ella. Pero nunca se lo creía. Ella era demasiado normal para que no se fijara también en otras. Habían quedado más tarde, seguramente se reconciliarían como es debido, pero esa parte había decidido omitirla. Quizá para hacerse un poco la dura.
Pero una llamada termina la diversión. Al escuchar su teléfono sonar Ali va hasta la cocina para hablar sin molestar a sus amigas. Esta al teléfono poco tiempo, un par de minutos, para después regresar al salón.
-Tengo que irme, chicas. Era la policía. Marco estaba conduciendo borracho, necesita que alguien le lleve a casa y les ha dado mi nombre.  
Las tres suspiran al mismo tiempo, acompañan a Ali hasta la puerta y se despiden, no sin antes hacerla prometer que las llamaría más tarde para contarlas lo que había pasado.
Va a recogerle al lugar que el policía le había indicado y se lo lleva hasta casa. En todo el viaje ninguno de los dos había pronunciado ni una palabra. Pero nada más llegar, antes de bajarse del coche Ali explota.
-Pero, ¿¡qué hacías!? ¿Estás loco? Podrías haberte matado, ¿sabes?
-Lo siento, Ali, no era mi intención… Yo solo quería volver a casa.
Ella le mira. Le ve triste, destrozado. Así que se limita a sonreír muy brevemente y a decir:
-Anda, vamos a subir arriba.
Le acompaña y espera a que este en la cama. Entonces se sienta al borde de esta, a su lado, para despedirse.
-Marc, me voy ya, ¿estarás bien?
Él abre los ojos.
-No, Ali, no te vayas. Quédate aquí a dormir.
No podía dejarle, no podía dejarle solo. Y lo sabía.
-Está bien, prepararé el sofá y dormiré aquí.
-Duerme conmigo.
-¿En la cama?
-Sí.
-¿Estás seguro?
-Sí.
Se va hasta el baño y se cambia, poniéndose una camiseta de él a modo de pijama. Después, con cuidado, se mete en la cama. Entonces él se gira, y la abraza. Ella se deja abrazar, sin decir nada, sin saber qué decir.
-Gracias por cuidar de mi, Ali.
-Anda, duérmete, y mañana ya me lo agradeces.
Él ríe. Por primera vez en mucho tiempo. Ella se da cuenta y sonríe para si. Lo ha conseguido, se ha reído. Poco a poco él se queda dormido, a ella le cuesta mucho más. No deja de pensar, ya sabe cómo hará que se lo agradezca. Y también le ayudará a él a despejarse. Es una gran idea. Y mientras lo planea todo en su cabeza finalmente se duerme en sus brazos.


Dos.

Algunos meses antes

-Corre, vamos a llegar tarde, ¿por qué siempre tardas tanto?
Alina se desespera. Anabelle y Riccardo llevan ya esperándolas 5 minutos abajo, pero Alessandra sigue encerrada en el baño. Cansada va hasta el baño, abre la puerta y entre algunas risas la coge de la cintura.
-¡Ali! ¿Qué estás haciendo? ¡Suéltame!
-Se acabó la sesión de mirarse al espejo por hoy, ya llegamos tarde.
Y la arrastra hasta la puerta de la casa, cerrando tras ellas. Alex vivía con sus padres, que siempre estaban fuera de casa; y con su hermano, que siempre estaba en casa de algún amigo. Por tanto, su casa se convertía en el lugar ideal para prepararse para salir. Bajan corriendo las escaleras, de la mano, riendo. Sus cortos vestidos se mueven sobre sus piernas y sus pasos son seguros a pesar de los tacones. Ali es la típica chica rubia, ojos azules, pelo por la cintura, alta, delgada y bonita; pero no muy segura de sí misma. Alex es pelirroja, rojo teñido por supuesto, un poco más alta y un poco menos bonita, pero aún así igual de especial. Por fin llegan al portal, y efectivamente ahí está un Fiat Bravo Cabrio, descapotable, negro. Al volante se encuentra Riccardo, novio de Ann de toda la vida. En el asiento del copiloto está sentada Ann, con una bonita sonrisa mientras las mira aparecer por el portal. No podría vivir sin ellas, ellas tampoco podrían hacerlo. Ann es todo lo contrario a ellas, bajita y rechoncha, con una belleza característica. Riccardo es alto, fuerte, guapo y sexy. Por eso Ann no entiende que esté con ella, y por eso discuten a menudo. Se saludan entre miles de sonrisas y rápidamente se suben a la parte trasera del coche. Riccardo conduce rápido, quizá demasiado, camino del restaurante donde habían quedado. Ann había insistido en presentarles a una pareja de amigos y había un motivo por el que habían aceptado: la cena les saldría gratis. Al llegar al restaurante bajan las tres mientras Riccardo se va a buscar aparcamiento. Se cogen de la mano, nada puede separarlas. Ellas son Ann, Alex y Ali; ellas son las tres A. Al entrar al restaurante ellos ya se encuentran allí.
-Te dije que llegábamos tarde –murmura Ali, junto con una pequeña risa.
Él transmite ganas de vivirlo todo. Ella transmite aburrimiento. Él moreno, guapo, con una bonita sonrisa, ojos verdes. Ella morena también, con una ligera mueca permanente en la cara, ojos negros, preciosa.
-Estos son Marco y Giulia – les señala según dice sus nombres – y ellas son Alina y Alessandra.
Presentaciones, besos, saludos, esperar a que llegue Riccardo. Ya están listos para comenzar la noche. Se sientan y miran la carta. Tres coca-colas, un par de copas de vino, un vaso de agua. Un par de ensaladas, cuatro pizzas. Y mientras esperan que lo sirvan conversaciones van y vienen de un punto a otro de la mesa. Qué tal el día, qué tal el trabajo, deberíamos irnos de viaje por parejas.
-Yo me pido a Marco de pareja – Ali levanta la mano y sonríe divertida. Todos ríen, menos Giulia. Y traen la comida. Entre bocado y bocado más conversaciones divertidas, más risas, más tonterías. Algún que otro codazo, alguna mirada inapropiada, alguna sonrisa tonta.
-Lo siento, debo ir al servicio.
-Yo te acompaño.
Y así Ali y Alex se van de la mesa, dejando solas a las parejitas. Y allí se produce seguramente la conversación más extraña de la noche:
-¡A ti te gusta Marco!
-¿Pero qué dices, tonta? Es guapo, es divertido. ¡Pero tiene novia!
-¿Y eso qué más da?
-Pues en cuanto lo dejen me lo pido.
Y así siguen unos minutos más, riendo, hablando de lo sucedido, de la gente de la mesa. Y después vuelven, justo a tiempo para la cuenta. Inmediatamente desvían la vista hacia Ann, una mirada que lo dice todo: “Ya sabes que nosotras no pagamos”. Y es al pobre Riccardo al que le toca pagar, la comida de cuatro personas mientras que Marco paga la de dos.
Y después se van a una discoteca, a bailar. Giulia no quería ir pero tampoco dejaría solo a su novio en un sitio así, así que, muy a su pesar, también les acompaña. En la pista de baile Riccardo y Ann, bailando agarrados, como una bonita pareja. Alex y Ali bailan alocadamente en el medio mientras algunos chicos las miran. Uno en especial mira a Alex. Ali ríe, la empuja hacia él.
-Enséñale lo que sabes hacer. – Y se aleja de allí hasta Marco y Giulia. Ellos no bailan, ellos no hacen nada, solo están allí parados en una esquina.
-Si me disculpas, te lo robo un rato. – Coge de la mano a Marco y lo lleva hasta la pista de baile. Y así bailan, sin tocarse, mirándose, entre leves risas.
-¿Por qué estás con ella? Parecéis muy distintos.        
-Ella es divertida, es alocada, siempre lo ha sido.
Ella ríe, sigue bailando. Pone la mano en su hombro, él en su cintura. Y así bailan, hablan y  ríen; todo bajo la atenta mirada de Giulia.

Es tarde, deberían volver a casa. Mañana hay trabajo, hay clase, hay sueños por cumplir, hay todo un día por delante. Despedidas frente a la puerta de la discoteca, y una promesa susurrada al oído al tiempo que un papel se introduce en un bolsillo: Si te aburres, llámame esta noche.

Y esa noche el teléfono suena. Una voz adormilada responde a ese teléfono.
-¿Si?
-Hola, Ali
-¿Quién eres?
-Soy Marco. Me dijiste que te llamara, pero si estás dormida…
Al escuchar ese nombre sus ojos se abren de golpe, se incorpora en la cama.
-No, para nada, no te preocupes… Marc.
-Solo necesitaba escapar un poco, y he pensado en ti.
-¿Escapar? ¿Qué es lo que ha pasado?
Y así hablan de cómo Giulia y Marco habían discutido al llegar a casa por ese baile, ríen, se esconden para no ser descubiertos hablando, inventan planes para hacerla desenfadar, se cuentan momentos importantes de sus vidas, anécdotas graciosas, cualquier cosa sirve para alargar esa conversación un poco más, a pesar de que el sueño pueda con ellos. Les gusta hablar, el tiempo pasa rápido de ese modo. Hasta que finalmente un buenas noches termina con todo.


Uno.



Un día cualquiera, de una semana cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera. 
Despertarse a las 8 de la mañana. Un poco temprano para ella, sí, pero la ocasión lo merece. Si no a ver quién sería el valiente de hacerla despertar a esa hora. Tras un rato haciéndose la remolona en la cama al fin se levanta, camina arrastrando los pies hasta el baño. Una vez allí se desnuda con los ojos aún entrecerrados, aún no se ha acostumbrado a la luz. Apenas invierte 15 minutos en ducharse, está nerviosa, lo hace todo deprisa. Después de la ducha lavarse los dientes, vestirse, arreglarse el pelo, tomar un zumo, pintarse algo los labios; cosas normales de un día normal. 
Sale de casa, está preciosa. Gafas de sol, labios rojo intenso, ropa lo suficientemente ajustada, móvil en la mano, bolso colgando del hombro. Camina distraída mientras envía un sms a su mejor amiga: “Hoy es el día”. Continua caminando, cada vez se encuentra más cerca de su destino, cada vez está más nerviosa. Escucha una voz detrás de ella y se gira rápidamente. Ese día cualquiera él había decidido sorprenderla. Se encuentra allí plantado con esa sonrisa en los labios, esa sonrisa que sabe que ella no puede resistir. En sus manos sostiene un rosa, roja, en perfecta armonía con el color del pintalabios. Ella apenas sabe cómo reaccionar, los nervios la invaden, ocupan cada centímetro de su ser y la bloquean. Pero, como siempre, él toma la iniciativa. Se aproxima a ella dando un ligero beso en la comisura de sus labios tras lo que murmura en su oído "Estás preciosa, princesa" y le tiende la rosa, esperando que ella la coja. Las mejillas se le han encendido mientras su mente solo tiene espacio para un pensamiento: ¿Cómo puede ser tan perfecto? Coge la rosa, desapareciendo de ella toda la timidez, volviendo a ser la chica lanzada de siempre. Se alza sobre las puntillas para llegar hasta él y posa los labios en los suyos depositando en estos un dulce, travieso y ligero beso. Coge su mano, entrelazando sus dedos y ambos echan a caminar.
Charlan, charlan sin parar. Sobre todo. Cómo les fue la semana, cómo les va en clase, cómo les va con los amigos. Bromean y ríen. Son felices. Una heladería es testigo de su felicidad. Como llenan la cara del otro con su helado, como lo limpian después con ternura, como ella corre evitando ser cogida, como él la persigue y la tira a una fuente, como después se mete con ella, como los dos se empapan, como se besan dentro de esa fuente mientras turistas y demás les miran y hacen fotos. 
Ella lo arrastra a su casa, sabe que estará vacía. Un beso tras otro. Preparan la comida juntos. Se dan de comer el uno al otro. Vuelven a besarse. Él se acerca a ella, susurra en su oído cuanto la quiere, la coge en brazos y la lleva hasta la habitación de su padre. Un beso en los labios, uno en el cuello. Ya no tienen camiseta. Y así, poco a poco, se van deshaciendo de todo lo que les impide estar juntos. Y ya sin ropa consiguen ser el uno del otro. Nadie podrá volver a distanciarles. 
Ambos tumbados en la cama. Él la abraza y acaricia su brazo. Ella acaricia su pecho. Hablan de cualquier tontería, de cuanto se quieren, de cuanto se echaban de menos. Vuelven a vestirse, tratando de dejar todo como estaba y salen de la casa entre risas de complicidad. Se besan en el ascensor, se vuelven locos, están locos. Llegan a su piso, unos ancianos les miran esperando que salgan. Y salen de allí corriendo, de la mano. ¿Huyen de algo? Sí, huyen del tiempo, cada vez les queda menos. 
Corren y corren, a través de la gente y de cualquier cosa que se interponga entre ellos. Llegan hasta la moto de él y montan apresuradamente. Él delante, ella detrás. Se aferra con fuerza a su cintura, no porque tenga miedo, simplemente le gusta sentirle cerca. Y así huyen hasta un lugar mágico, un lugar que nunca olvidarán, su lugar, solo de ellos, de nadie más. Y allí pasan las horas, tumbados en la arena mirando al cielo, imaginando todo lo que podrían hacer juntos, planeando todo lo que quieren hacer juntos. Él la moja, ella protesta. Él la besa, ella no se resiste. Se hace tarde, se hace muy tarde. Ya ha anochecido. Se les ha escapado el tiempo entre las manos. Vuelven a subirse a la moto, pero esta vez no hay risas, no hay miradas de complicidad, no hay sonrisas divertidas. El día se fue. Ella apoya la cabeza en la espalda de él, aspira su aroma, contiene las lágrimas. Paran en el portal. Ella baja, él se mantiene sobre la moto. Se besan, dulcemente, posiblemente el beso más largo del día. Se abrazan, no quieren separarse. Vuelven a besarse, una y otra vez, intentando alargar el momento, hasta que se acaba. Ella se dirige al portal, cabizbaja,  mete la llave en la cerradura y abre. Antes de entrar se gira un segundo, esboza la más dulce de las sonrisas y en su rostro y las palabras se deslizan por sus labios con total naturalidad:
-Llámame esta noche.
-Descuida, lo haré.
Un día perfecto, difícil de olvidar, pero con dos finales muy distintos. 
Él, montado en la moto, vuelve a su casa. Allí le espera su novia. La besa, la abraza. Quizá más tarde acaben en la cama como hace unas horas estuvo con ella. Es feliz. La tiene a ella, es perfecta. Y tiene a su novia, más perfecta aún. Tiene todo lo que siempre quiso.
Ella sube hasta su casa. Se despide de su padre, asegurando que ya ha cenado aunque sea mentira, y se encierra en su habitación. Se desprende de la ropa y se cubre con una vieja camiseta algo roída. Se mete en la cama, sonríe recordando cada uno de los momentos de aquel día. Él es tan perfecto. Observa la flor antes depositada en su escritorio, sonríe más. Bajo su almohada encuentra una nota, es la letra de él. TE AMO. Eso es todo lo que está escrito en aquella nota. No deja de mirarla. Pero ese pensamiento invade su mente, él no está allí. Él está con su novia. Él es feliz con su novia. Las lágrimas caen por sus mejillas hasta que finalmente queda dormida.
Mañana será otro día.