Un día cualquiera, de una semana cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera.
Despertarse a las 8 de la mañana. Un poco temprano para ella, sí, pero la ocasión lo merece. Si no a ver quién sería el valiente de hacerla despertar a esa hora. Tras un rato haciéndose la remolona en la cama al fin se levanta, camina arrastrando los pies hasta el baño. Una vez allí se desnuda con los ojos aún entrecerrados, aún no se ha acostumbrado a la luz. Apenas invierte 15 minutos en ducharse, está nerviosa, lo hace todo deprisa. Después de la ducha lavarse los dientes, vestirse, arreglarse el pelo, tomar un zumo, pintarse algo los labios; cosas normales de un día normal.
Sale de casa, está preciosa. Gafas de sol, labios rojo intenso, ropa lo suficientemente ajustada, móvil en la mano, bolso colgando del hombro. Camina distraída mientras envía un sms a su mejor amiga: “Hoy es el día”. Continua caminando, cada vez se encuentra más cerca de su destino, cada vez está más nerviosa. Escucha una voz detrás de ella y se gira rápidamente. Ese día cualquiera él había decidido sorprenderla. Se encuentra allí plantado con esa sonrisa en los labios, esa sonrisa que sabe que ella no puede resistir. En sus manos sostiene un rosa, roja, en perfecta armonía con el color del pintalabios. Ella apenas sabe cómo reaccionar, los nervios la invaden, ocupan cada centímetro de su ser y la bloquean. Pero, como siempre, él toma la iniciativa. Se aproxima a ella dando un ligero beso en la comisura de sus labios tras lo que murmura en su oído "Estás preciosa, princesa" y le tiende la rosa, esperando que ella la coja. Las mejillas se le han encendido mientras su mente solo tiene espacio para un pensamiento: ¿Cómo puede ser tan perfecto? Coge la rosa, desapareciendo de ella toda la timidez, volviendo a ser la chica lanzada de siempre. Se alza sobre las puntillas para llegar hasta él y posa los labios en los suyos depositando en estos un dulce, travieso y ligero beso. Coge su mano, entrelazando sus dedos y ambos echan a caminar.
Charlan, charlan sin parar. Sobre todo. Cómo les fue la semana, cómo les va en clase, cómo les va con los amigos. Bromean y ríen. Son felices. Una heladería es testigo de su felicidad. Como llenan la cara del otro con su helado, como lo limpian después con ternura, como ella corre evitando ser cogida, como él la persigue y la tira a una fuente, como después se mete con ella, como los dos se empapan, como se besan dentro de esa fuente mientras turistas y demás les miran y hacen fotos.
Ella lo arrastra a su casa, sabe que estará vacía. Un beso tras otro. Preparan la comida juntos. Se dan de comer el uno al otro. Vuelven a besarse. Él se acerca a ella, susurra en su oído cuanto la quiere, la coge en brazos y la lleva hasta la habitación de su padre. Un beso en los labios, uno en el cuello. Ya no tienen camiseta. Y así, poco a poco, se van deshaciendo de todo lo que les impide estar juntos. Y ya sin ropa consiguen ser el uno del otro. Nadie podrá volver a distanciarles.
Ambos tumbados en la cama. Él la abraza y acaricia su brazo. Ella acaricia su pecho. Hablan de cualquier tontería, de cuanto se quieren, de cuanto se echaban de menos. Vuelven a vestirse, tratando de dejar todo como estaba y salen de la casa entre risas de complicidad. Se besan en el ascensor, se vuelven locos, están locos. Llegan a su piso, unos ancianos les miran esperando que salgan. Y salen de allí corriendo, de la mano. ¿Huyen de algo? Sí, huyen del tiempo, cada vez les queda menos.
Corren y corren, a través de la gente y de cualquier cosa que se interponga entre ellos. Llegan hasta la moto de él y montan apresuradamente. Él delante, ella detrás. Se aferra con fuerza a su cintura, no porque tenga miedo, simplemente le gusta sentirle cerca. Y así huyen hasta un lugar mágico, un lugar que nunca olvidarán, su lugar, solo de ellos, de nadie más. Y allí pasan las horas, tumbados en la arena mirando al cielo, imaginando todo lo que podrían hacer juntos, planeando todo lo que quieren hacer juntos. Él la moja, ella protesta. Él la besa, ella no se resiste. Se hace tarde, se hace muy tarde. Ya ha anochecido. Se les ha escapado el tiempo entre las manos. Vuelven a subirse a la moto, pero esta vez no hay risas, no hay miradas de complicidad, no hay sonrisas divertidas. El día se fue. Ella apoya la cabeza en la espalda de él, aspira su aroma, contiene las lágrimas. Paran en el portal. Ella baja, él se mantiene sobre la moto. Se besan, dulcemente, posiblemente el beso más largo del día. Se abrazan, no quieren separarse. Vuelven a besarse, una y otra vez, intentando alargar el momento, hasta que se acaba. Ella se dirige al portal, cabizbaja, mete la llave en la cerradura y abre. Antes de entrar se gira un segundo, esboza la más dulce de las sonrisas y en su rostro y las palabras se deslizan por sus labios con total naturalidad:
Despertarse a las 8 de la mañana. Un poco temprano para ella, sí, pero la ocasión lo merece. Si no a ver quién sería el valiente de hacerla despertar a esa hora. Tras un rato haciéndose la remolona en la cama al fin se levanta, camina arrastrando los pies hasta el baño. Una vez allí se desnuda con los ojos aún entrecerrados, aún no se ha acostumbrado a la luz. Apenas invierte 15 minutos en ducharse, está nerviosa, lo hace todo deprisa. Después de la ducha lavarse los dientes, vestirse, arreglarse el pelo, tomar un zumo, pintarse algo los labios; cosas normales de un día normal.
Sale de casa, está preciosa. Gafas de sol, labios rojo intenso, ropa lo suficientemente ajustada, móvil en la mano, bolso colgando del hombro. Camina distraída mientras envía un sms a su mejor amiga: “Hoy es el día”. Continua caminando, cada vez se encuentra más cerca de su destino, cada vez está más nerviosa. Escucha una voz detrás de ella y se gira rápidamente. Ese día cualquiera él había decidido sorprenderla. Se encuentra allí plantado con esa sonrisa en los labios, esa sonrisa que sabe que ella no puede resistir. En sus manos sostiene un rosa, roja, en perfecta armonía con el color del pintalabios. Ella apenas sabe cómo reaccionar, los nervios la invaden, ocupan cada centímetro de su ser y la bloquean. Pero, como siempre, él toma la iniciativa. Se aproxima a ella dando un ligero beso en la comisura de sus labios tras lo que murmura en su oído "Estás preciosa, princesa" y le tiende la rosa, esperando que ella la coja. Las mejillas se le han encendido mientras su mente solo tiene espacio para un pensamiento: ¿Cómo puede ser tan perfecto? Coge la rosa, desapareciendo de ella toda la timidez, volviendo a ser la chica lanzada de siempre. Se alza sobre las puntillas para llegar hasta él y posa los labios en los suyos depositando en estos un dulce, travieso y ligero beso. Coge su mano, entrelazando sus dedos y ambos echan a caminar.
Charlan, charlan sin parar. Sobre todo. Cómo les fue la semana, cómo les va en clase, cómo les va con los amigos. Bromean y ríen. Son felices. Una heladería es testigo de su felicidad. Como llenan la cara del otro con su helado, como lo limpian después con ternura, como ella corre evitando ser cogida, como él la persigue y la tira a una fuente, como después se mete con ella, como los dos se empapan, como se besan dentro de esa fuente mientras turistas y demás les miran y hacen fotos.
Ella lo arrastra a su casa, sabe que estará vacía. Un beso tras otro. Preparan la comida juntos. Se dan de comer el uno al otro. Vuelven a besarse. Él se acerca a ella, susurra en su oído cuanto la quiere, la coge en brazos y la lleva hasta la habitación de su padre. Un beso en los labios, uno en el cuello. Ya no tienen camiseta. Y así, poco a poco, se van deshaciendo de todo lo que les impide estar juntos. Y ya sin ropa consiguen ser el uno del otro. Nadie podrá volver a distanciarles.
Ambos tumbados en la cama. Él la abraza y acaricia su brazo. Ella acaricia su pecho. Hablan de cualquier tontería, de cuanto se quieren, de cuanto se echaban de menos. Vuelven a vestirse, tratando de dejar todo como estaba y salen de la casa entre risas de complicidad. Se besan en el ascensor, se vuelven locos, están locos. Llegan a su piso, unos ancianos les miran esperando que salgan. Y salen de allí corriendo, de la mano. ¿Huyen de algo? Sí, huyen del tiempo, cada vez les queda menos.
Corren y corren, a través de la gente y de cualquier cosa que se interponga entre ellos. Llegan hasta la moto de él y montan apresuradamente. Él delante, ella detrás. Se aferra con fuerza a su cintura, no porque tenga miedo, simplemente le gusta sentirle cerca. Y así huyen hasta un lugar mágico, un lugar que nunca olvidarán, su lugar, solo de ellos, de nadie más. Y allí pasan las horas, tumbados en la arena mirando al cielo, imaginando todo lo que podrían hacer juntos, planeando todo lo que quieren hacer juntos. Él la moja, ella protesta. Él la besa, ella no se resiste. Se hace tarde, se hace muy tarde. Ya ha anochecido. Se les ha escapado el tiempo entre las manos. Vuelven a subirse a la moto, pero esta vez no hay risas, no hay miradas de complicidad, no hay sonrisas divertidas. El día se fue. Ella apoya la cabeza en la espalda de él, aspira su aroma, contiene las lágrimas. Paran en el portal. Ella baja, él se mantiene sobre la moto. Se besan, dulcemente, posiblemente el beso más largo del día. Se abrazan, no quieren separarse. Vuelven a besarse, una y otra vez, intentando alargar el momento, hasta que se acaba. Ella se dirige al portal, cabizbaja, mete la llave en la cerradura y abre. Antes de entrar se gira un segundo, esboza la más dulce de las sonrisas y en su rostro y las palabras se deslizan por sus labios con total naturalidad:
-Llámame esta noche.
-Descuida, lo haré.
Un día perfecto, difícil de olvidar, pero con dos finales muy distintos.
Él, montado en la moto, vuelve a su casa. Allí le espera su novia. La besa, la abraza. Quizá más tarde acaben en la cama como hace unas horas estuvo con ella. Es feliz. La tiene a ella, es perfecta. Y tiene a su novia, más perfecta aún. Tiene todo lo que siempre quiso.
Ella sube hasta su casa. Se despide de su padre, asegurando que ya ha cenado aunque sea mentira, y se encierra en su habitación. Se desprende de la ropa y se cubre con una vieja camiseta algo roída. Se mete en la cama, sonríe recordando cada uno de los momentos de aquel día. Él es tan perfecto. Observa la flor antes depositada en su escritorio, sonríe más. Bajo su almohada encuentra una nota, es la letra de él. TE AMO. Eso es todo lo que está escrito en aquella nota. No deja de mirarla. Pero ese pensamiento invade su mente, él no está allí. Él está con su novia. Él es feliz con su novia. Las lágrimas caen por sus mejillas hasta que finalmente queda dormida.
Él, montado en la moto, vuelve a su casa. Allí le espera su novia. La besa, la abraza. Quizá más tarde acaben en la cama como hace unas horas estuvo con ella. Es feliz. La tiene a ella, es perfecta. Y tiene a su novia, más perfecta aún. Tiene todo lo que siempre quiso.
Ella sube hasta su casa. Se despide de su padre, asegurando que ya ha cenado aunque sea mentira, y se encierra en su habitación. Se desprende de la ropa y se cubre con una vieja camiseta algo roída. Se mete en la cama, sonríe recordando cada uno de los momentos de aquel día. Él es tan perfecto. Observa la flor antes depositada en su escritorio, sonríe más. Bajo su almohada encuentra una nota, es la letra de él. TE AMO. Eso es todo lo que está escrito en aquella nota. No deja de mirarla. Pero ese pensamiento invade su mente, él no está allí. Él está con su novia. Él es feliz con su novia. Las lágrimas caen por sus mejillas hasta que finalmente queda dormida.
Mañana será otro día.
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